La cultura ha muerto: atropellada

Sí, así es. En estos tiempos inciertos del mercados vs. estados, lo que podría ayudarnos a aguantar el tirón a los humildes viandantes está en vías (pecuarias supongo, de ahí esta iniciativa) de extinción.

Ayer me encontré con este cartel:

Ocio cultural en el siglo XXI

Es un cartel anunciador de Ocio Cultural. Y, sí, es una ruta de 4×4 (16, si no me equivoco). Como dirían en las culturas más vanguardistas de la red 2.0: WTF!

El evento lo organiza un club deportivo con la inestimable colaboración del Excmo. Ayto. de Quesada (el pueblo de origen de Josefina Manresa y de Rafael Zabaleta; pero esto es lo de menos). La inscripción cuesta 55 €, incluyendo las comidas, para que luego digan que la cultura es cara. Pero pasemos al programa:

Programación cultural

Todavía no he dado con el significado de brifind, si alguien sabe qué es y pudiera explicármelo lo agradecería. ¿Puede que se refiera al anglicismo «briefing»?, aún no lo sé. Si es que soy un inculto.

Como veis, la salida de los vehículos es de manos de su ilustre Concejal de Cultura. Todo un honor. ¿Su ilustre de usted?

El segundo día hay visitas a la almazara y hasta al Museo Zabaleta. Eso sí, hay que ir con todoterreno. Para que luego no digan que la cultura no es de acceso universal. Supongo que por eso van con tracción a las cuatro ruedas, por si es inaccesible.

Quién, hoy en día, no tiene un todoterreno y 55 € de más en el bolsillo para poder disfrutar de un fin de semana cultural. Ya se sabe, la cultura del motor, motor de la cultura.

No sigo escribiendo que me caliento. Dejémoslo en una nota de humor veraniego. Que humor si que hace falta.

Nunca la conocí

En el pueblo donde veraneaba en mi infancia había un niño del barrio al que todos llamaban Riesgo. Por su apellido, claro está, no por su temeridad a la hora de afrontar la vida.

Nunca conocí a su prima, que me consta que veraneaba allí también, pero me hubiera gustado ahora que está en boca de todos.

El deporte (Charla de Domingo II)

Hoy le contaba a Domingo porque no me gusta el fútbol. Sí, lo veo, y últimamente más que nunca. Pero en el fondo de mi hay un odio (sí, odio) por ese deporte.

De niño siempre fui bastante torpe. Torpón, decía mi madre. Con un 45 de pie desde los 13 años y un cuerpo desgarbado desde los 6… No podía, o no quería, hacer mucho. Lo mío fue siempre más el ajedrez, los libros y la música, la informática personal (tan incipiente y emocionante en aquellos tiempos) y, en cierto modo, la soledad. Nunca el equipo. El equipo, por entonces, en el colegio, era inevitable y obligatoriamente de fútbol y yo siempre me veía relegado a ver venir los balones desde la portería y casi dejarlos pasar por miedo a un balonazo. No, no me gustaba y no lo ocultaba. Aunque como todos los niños soñaba con ser Arconada o Zubizarreta. Porteros, claro. Ya se sabe, los sueños y la realidad, tantas veces divergentes.

Pero dejé el colegio y al comenzar el BUP cambiaron algunas cosas.

El profesor Hermosilla nos daba educación física. Un señor bajito y enjuto (que diría mi padre), alejado a más no poder del prototipo de atleta y apasionado por un deporte para mi diferente y exótico hasta entonces: el voleibol. A parte de desgarbado yo era ya bastante alto, con manos grandes (no sólo los pies) y buenas piernas para saltar y manotear lo que fuera preciso.

Voleibol

Él nunca lo supo pero, en cierto modo, «el Hermosilla» cambió mi vida (junto con su mujer, encargada de las clases de música). Pidió voluntarios para integrar el equipo de voleibol del instituto (Universidad Laboral, para ser fieles a la realidad) y allí estaba yo. Iba a demostrarle a todos los futboleros que se puede ser buen deportista con mi cuerpo y aptitudes y sin tener que pasar por el balompié forzosamente.

Comenzaron los entrenamientos y todo iba de maravilla. Hasta me sentía a gusto en los partidos y disfrutaba del espíritu deportivo y tal… No me quedaba otra porque perdíamos casi siempre. Pero disfrutaba. Cuando disfrutas de las derrotas es porque tienes claro que te gusta, para bien o para mal.

Pero las cosas buenas no duran mucho y el deporte tenía que salir de mi vida de una vez por todas. Como todos los años al acercarse la primavera, el instituto (Universidad Laboral, recuerdo) organizaba sus 24 horas del deporte. Un día frenético en el que todos los alumnos formaban equipos de toda la taxonomía deportiva que las instalaciones (bastante impresionantes para la época) permitían practicar, léase: fútbol sala (claro), baloncesto, voleibol, badminton, balonmano, atletismo, y muchas más. Muchas. Demasiadas quizás, pero es que una parrilla de 24 horas de actividad en aquella infraestrucutra no era fácil de rellenar.

En mi clase de primero se organizaron equipos de todo. Yo me apunté, con algunos de los compañeros más cercanos, al equipo de baloncesto (era alto), al de voleibol (jugaba en el equipo local) y en el de fútbol sala (era mi cuenta pendiente).

Poco después del mediodía estaba programado mi debut en el equipo de fútbol sala, bajo el nombre de  Nottingan prisas. Y no jugaría de portero. A través del volei había conseguido ser un deportista de pro. Nada de defensa… Mi ego deportivo me sugería que podría  jugar de centrocampista o incluso de delantero. Y quién sabe si marcar algún gol.

A los cinco minutos del primer partido de fútbol de mi vida en el que iba a intentar disfrutar y demostrar de lo que era capaz, alguien me derriba en una falta clarísima con un barrido por la espalda que no solo me lleva al suelo con los brazos abiertos sino que la fuerza de la caída me obliga, en dicha postura y ya sobre el suelo, a girar mi cuerpo sobre mi brazo derecho. Y zas, mi hombro se disloca, se sale, se va, se me derrama el brazo sobre la cancha y ya no me sirve para nada. Y me duele. Mucho.

Unas tres horas después (de puro sufrimiento en la enfermería del insituto-Universidad Laboral) el traumatólogo decreta que sólo me quedan tres deportes posibles de ahora en adelante: ajedrez, damas y lectura. Estaba claro, el fútbol no era lo mío. El deporte en general.

Y lo peor, probablemente no podría volver a jugar al voleibol: mi deporte. Un maldito partido tonto de fútbol, el mismo que odiaba de niño, se había cargado mi ilusión por el voleibol… Tanta ilusión tenía que después de un mes de inmovilización, tres meses de rehabilitación y muchas ganas, ya en segundo, volví al equipo. Entrené duro y aparentemente todo estaba en su sitio. Aparentemente: en el primer saque del primer set del primer partido de la liga salte a bloquear el balón directamente del saque porque iba realmente bajo. Lo vi claro, bloqueo al suelo y tanto. Pero no, el esférico golpeó con fuerza en mi mano derecha luxándome de nuevo el brazo. Diagnóstico:  luxación recidivante, en argot médico. Abandoné definitivamente.

Mi exiguo universo de deportista se derrumbó en aquellas 24 horas. Pero se confirmó mi sospecha de que el fútbol era malo, malísimo. Era el mal.

Domingo fue testigo de mi sexta recidiva y por ello sabe de qué estamos hablando. Pero necesita más detalles.

Veinticuatro años después de aquellas veinticuatro horas, hace unos días y con Domingo de nuevo presente, se me ha salido por séptima vez el  hombro jodiéndome (sí, así de rotundo) el verano en dos. ¿Cómo no voy a odiar el fútbol?

Se acaba, todo se acaba…

Todos lo sabemos.
Tú, yo, el otro de más allá…

Todo se acaba, ¿verdad?
Sí, no hace falta que lo digas
en voz alta.

Lo sé,
me da lástima saberlo.
Ahora es cuando voy
y lloro…
Qué va. Quién va.

Tantas sensaciones…
Pero sí, se acaban.

Adiós, bon voyage.

Religiones de autor

Sede de la SGAE en Madrid

La SGAE se parece cada día más a una religión. Los fines son nobles y persiguen grandes y honestas metas. Los métodos y el día a día son zafios y no respetan a quienes no están de acuerdo con su doctrina.

Los líderes se vuelven férreos y eternos. Nacen acólitos acérrimos y detractores furibundos, columnas de prensa a favor y en contra, corrientes de opinión, creyentes que no saben qué o a quién creer, monaguillos que rompen filas y altos mandatarios que revelan abusos por despecho…

Al fin y al cabo, unas te dicen qué has de hacer con tu vida sexual, familiar, interpersonal, etc., y la otra te dice qué has de hacer con tu vida de ocio, creativa, imaginativa, etc.

Y, muy importante, con grandes sumas de dinero e intereses socio-políticos detrás.

Pareciera ahora que Teddy Bautista ha abusado de un montón de «autores menores» y está en la picota por ello.

Una religión, vaya. Y yo queriendo apostatar.

P. S. : El otro día creo que incluso hubo fumata blanca al reelegir al prócer máximo, sumo pontífice de las rebosantes arcas de recaudación de derechos.